11 julio 2026 Tarde Taurina Pamplona. 5ta Corrida de Toros.

11 de julio del 2026.
Pamplona, Navarra, España

La tarde del 11 de julio de 2026 en la Plaza de Toros de Pamplona pasó a la historia como una de las gestas más dramáticas y valientes de la Feria del Toro. Ante una afición entregada y lleno absoluto, el mexicano Isaac Fonseca cortó una oreja de peso heroico frente a un encierro de José Escolar, mientras que Juan de Castilla dejó una muestra de pundonor inquebrantable.

La jornada comenzó temprano en la capital navarra. El encierro matutino, con los imponentes ejemplares abulenses, resultó vertiginoso y peligroso, durando apenas 2 minutos y 36 segundos y dejando varios heridos por contusiones, incluido un mozo corneado en el rostro. La tensión de la mañana anticipaba lo que viviría la afición taurina en el coso Monumental por la tarde: una corrida de máxima exigencia y de corte. 

A las 18:30 horas, la arena pamplonesa se llenó de expectación. El cartel estaba compuesto por el veterano Antonio Ferrera, el colombiano Juan de Castilla y el mexicano Isaac Fonseca, quien regresaba a San Fermín tras ausentarse el año anterior y con el peso histórico de celebrar los 500 años de la tauromaquia en México. Los toros de José Escolar Gil, distinguidos el año pasado como la mejor corrida del serial, saltaron al ruedo ostentando un trapío imponente y una seriedad escalofriante.

El primer toro de la tarde fue lidiado por Antonio Ferrera. El maestro de Buñola, vestido de blanco y oro, se encontró con un ejemplar incierto y huidizo que apenas ofreció opciones de lucimiento. Ante la poca colaboración del animal, Ferrera optó por una lidia de precaución. Tras varios intentos con el acero, escuchó los primeros avisos del palco, coronando un inicio de festejo frío y ensombrecido por las complicaciones del hierro.

La verdadera dimensión de la tarde comenzó a tomar forma en el segundo turno, con el colombiano Juan de Castilla. Acostumbrado a los compromisos de máxima exigencia frente a esta misma ganadería en años anteriores, salió decidido. Armó su faena sobre las piernas, iniciando de rodillas en el platillo y conectando de inmediato con el tendido gracias a su valor puro. Mantuvo una importante distancia de seguridad con el cárdeno, logrando muletazos templados que arrancaron los primeros olés de la tarde. Sin embargo, la fortuna le fue esquiva con la espada y dejó ir un posible trofeo.

La verdadera prueba de fuego para la terna llegó en el quinto acto de la tarde. El toro, un animal de imponente seriedad que amagaba en cada pase, buscando al torero como un depredador, no embistió con claridad. Juan de Castilla protagonizó un esfuerzo sobrehumano para pasarlo, pero fue violentamente volteado. Cayó sobre el cuello con los pitones pasando a milímetros de su cabeza, una caída espeluznante que hizo contener la respiración a los más de 19.500 asistentes. Pese al dolor, la conmoción y con un evidente hilillo de sangre en la sien, el colombiano se repuso para despachar al animal antes de retirarse por su propio pie a la enfermería, ganándose una cerrada ovación. Más tarde se confirmaría que sufrió una fractura en el metatarsiano del pie derecho. 

Con un coso entregado al dramatismo y el heroísmo, llegó el turno de Isaac Fonseca con el tercer toro de la tarde. El mexicano estuvo valeroso de principio a fin frente a un astado que se defendía y no acababa de pasar. A pesar de las dificultades y de escuchar un aviso al fallar en el primer intento con el acero, Fonseca se justificó por ambos pitones. Pero fue en el sexto y último toro donde el torero de Michoacán escribió la página dorada del día. 

El sexto ejemplar, un cinqueño muy ofensivo de pitones, salió con pies. En el turno de quites, Antonio Ferrera intervino con unas chicuelinas. Isaac Fonseca, vestido en grosella y oro, no se guardó nada y arrancó su faena de hinojos en el centro del ruedo, logrando una conexión inmediata con el tendido. Dio distancia y pelea al toro, fajándose en lo que parecía una pelea encarnizada contra un animal que no daba respiro.

Con el público coreando cada muletazo y exigiendo el triunfo, Isaac Fonseca ejecutó la suerte suprema con maestría y contundencia, hundiéndole la espada hasta la empuñadura. Fue un momento de enorme tensión: al sentir el acero, el toro le hizo hilo hasta las tablas con una furia salvaje y casi lo alcanza. Ante la estocada fulminante y la gran pelea que había brindado el torero frente a un astado tan fiero, la plaza en pleno solicitó el trofeo. El palco presidencial concedió una merecida oreja, la única de una tarde en la que la casta, el valor y el heroísmo vencieron a la adversidad.

M69
@TardeToros



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