El 20 de julio de 2026, Bambamarca (Cajamarca) vivió el apoteósico cierre de su feria en honor a la Virgen del Carmen. En una plaza Monumental abarrotada, el diestro peruano Joaquín Galdós y el español Miguel Ángel Perera salieron a hombros, tras una tarde vibrante donde lidiaron reses de la ganadería Los Azahares.
El aire serrano de la provincia de Hualgayoc olía a fiesta, a pólvora, a picarones y a tradición. Las calles aledañas al coso taurino eran un hervidero de colores, con el característico vaivén de los sombreros de paja de ala ancha que identifican a la zona. Los tendidos de la Monumental Plaza de Toros lucían un lleno hasta la bandera, una marea humana rebosante de expectación, consciente de que el cartel de aquella tarde ponía el broche de oro a una de las ferias más importantes de la sierra peruana.
En el redondel, el albero reluciente esperaba a los protagonistas de la jornada: el aclamado matador español José María Manzanares, la figura extremeña Miguel Ángel Perera, y el crédito local, el torero peruano Joaquín Galdós. Las divisas anunciadas para la ocasión pertenecían al prestigioso hierro de Los Azahares, reconocido por la bravura y el trapío de sus ejemplares.
La hora señalada llegó y el clarín rompió el murmullo del público. El paseíllo fue un estallido de fervor popular, con los acordes de la banda de músicos inundando cada rincón de la plaza bambamarquina y resonando en el corazón de los aficionados que vitorearon a la terna. Se respiraba un ambiente de gran toreo, el marco perfecto para una tarde que quedaría grabada en la memoria colectiva del país.
El primer toro de la tarde saltó al ruedo. Correspondiente al lote de José María Manzanares. El diestro alicantino, siempre esperado por su inconfundible estética y torería, se encontró con un astado noble pero que exigía suavidad en los toques. Manzanares tiró de oficio para estructurar una faena elegante, trazando muletazos de trazo largo y estético que provocaron los "olés" profundos del público cajamarquino. A pesar de los destellos de su inigualable clase y brillantez artística, el uso de los aceros le privó de pasear trofeos, debiendo retirarse entre dos calurosas ovaciones que reconocieron su entrega.
Llegó entonces el turno de Miguel Ángel Perera, el animal mostró transmisión y fijeza desde los primeros tercios. El diestro extremeño, haciendo gala de su veteranía y técnica depurada, templó las embestidas con maestría. Conforme transcurrieron los minutos, Perera llevó a cabo una faena redonda y madura, pisando con gran determinación los terrenos comprometidos y extrayendo muletazos de notable profundidad por ambos pitones. Su labor dejó poso en el aficionado, coronando su primer turno con una ovación cerrada que hizo rugir los tendidos.
El momento de mayor clímax y efervescencia de la tarde llegó con el tercer espada, el peruano Joaquín Galdós. Como profeta en su tierra, Galdós conectó de inmediato con el fervor de su gente. Su primer oponente fue un toro extraordinario, un ejemplar excepcional que demostró recorrido, clase y una bravura incansable en su andar. El torero nacional cuajó una faena colosal, plena de intensidad y ligazón. Cada muletazo del peruano estuvo cargado de sentimiento, mostrando su mejor versión torera al aprovechar la calidad del astado y someterlo con la pañosa. La plaza entera era un clamor, vibrando con el temple y la pureza de las series ejecutadas. El momento supremo de la estocada fue ejecutado con precisión y fe. El toro cayó sin puntilla tras una estocada entera que desató la locura en los tendidos. El palco presidencial no dudó en conceder las dos orejas merecidas, mientras que el burel fue justamente premiado con la vuelta al ruedo en el arrastre como reconocimiento a su inmenso juego y bravura.
Con el triunfo ya asegurado, la tarde no decayó. En su segundo turno, el diestro Miguel Ángel Perera volvió a sacar a relucir su dimensión de figura consagrada. Ante un oponente exigente y de temperamento, el diestro español impuso su dominio absoluto. Con absoluta seguridad y pisando los terrenos de cercanía, el extremeño hilvanó una faena de poder y mando que caló hondo en la exigente afición. La rotundidad de su técnica y su determinación con el acero le valieron el corte de dos orejas de mucho peso, consolidando una actuación cumbre en el abono que posteriormente le haría merecedor del trofeo a la mejor faena de la feria.
En su segundo turno, Galdós volvió a confirmar el excelente momento que atraviesa. Sin dejarse ganar la pelea, el torero nacional estructuró otra faena de gran mérito ante un astado que requería cabeza y firmeza. Con el público entregado por completo, el peruano volvió a brillar, logrando estructurar tandas de mucho mérito que hicieron sonar de nuevo los pasodobles en la plaza. Tras dejar una estocada efectiva, el juez de plaza le otorgó una oreja más, con lo cual sumó un total de tres apéndices en el festejo de cierre.
La corrida concluyó con un ambiente de triunfo absoluto. Los aficionados, eufóricos tras el gran despliegue de arte, valor y bravura, invadieron el albero para celebrar el histórico cierre de feria. En medio de la algarabía, Joaquín Galdós y Miguel Ángel Perera fueron sacados a hombros por la puerta grande de la Monumental Plaza de Toros Bambamarca. El diestro peruano se alzó como el gran triunfador del abono, ratificando su estatus y el cariño incondicional de sus compatriotas. Asimismo, la ganadería Los Azahares celebró el reconocimiento a la mejor ganadería del ciclo.
Al caer la tarde, con los ecos de los aplausos aún retumbando en el aire bambamarquino, los asistentes abandonaron la plaza con el alma llena de emoción. Una vez más, Bambamarca demostró su grandeza como epicentro del fervor taurino en el Perú. La feria patronal en honor a la Santísima Virgen del Carmen se despidió hasta el año siguiente, dejando para el recuerdo una tarde de toros braves y arte sublime que quedará grabada de por vida en la memoria de los presentes.
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